AstronDivinorum

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El Origen de la Conciencia en la Ruptura de la Mente Bicameral

Posted by astrondivinorum en 21 noviembre 2009

La conciencia, tal como la conocemos hoy en día, se basa en una trilogía, como lo define Freud. Pero los primeros Homo Sapiens, ¿merecían verdaderamente su nombre de “hombre que sabe”? Es decir, ¿eran conscientes de ser conscientes? La dinámica de desarrollo del espíritu abstracto nos indica sin duda que no.

El psicólogo americano Julian Jaynes formula la hipótesis de que en esta mezcla forzada y violenta el Hombre ha desarrollado lo que hoy llamamos la conciencia subjetiva, y de la cual carecía en la época bicameral. “La duplicidad a largo plazo, necesaria para la supervivencia en un entorno inestable y violento, necesita la invención de un Yo análogo que puede “hacer” y “ser” una cosa totalmente diferente de lo que la persona hace o es efectivamente, según lo que observan sus iguales”. Resulta fácil imaginar lo importante que era una capacidad así para sobrevivir durante aquellos siglos. En el caso de ser dominado por un invasor y contemplar la violación de su mujer, un hombre que obedeciese a sus voces interiores se defendería de inmediato, claro, aunque acabaría siendo masacrado. Pero si un hombre pudiese ser una cosa en sí mismo y otra en el exterior, si pudiese alimentar su rabia y su deseo de venganza tras una máscara de aceptación de lo inevitable, dicho hombre sobreviviría.

Julian Jaynes sostenía en su libro The Origin of Conciousness in the breakdown of the Bicameral Mind que la psiquis del hombre tomó un camino equivocado hace unos 5000-7000 años (lo que también aprueba el físico David Bohm) con el surgimiento de ciertas facetas mentales favorecedoras de la conducta egoísta (que, como ya vimos serían todas las funciones emisoras). Arthur Koestler sostenía que algo había ido mal en la evolución del Homo sapiens sugiriendo que “éste podría ser una especie biológica aberrante afectada por una imperfección que afectó a los circuitos de nuestro sistema nervioso”; ésta anomalía podría radicar en la desincronización entre el neurocórtex y el hipotálamo, sugiriendo la búsqueda de “algún correctivo que reparase ese evidente error evolutivo” (Holroyd, 1993). También el conocido psicólogo C.G. Jung opinaba que la mente del hombre occidental está enferma porque el modo de proceder de la moderna civilización reprime la capacidad de percibir las formas universales de conducta, los patrones de comportamiento o instintos psicológicos básicos comunes a todas las culturas (los arquetipos del inconsciente colectivo).
El filósofo Rafael Gambra cita a algunos autores que sostienen que tanto los caldeos como los egipcios, los hindúes o los chinos poseían profundos conocimientos éticos y psicológicos y que la antigua Grecia -donde solemos situar el origen de la historia de la filosofía- no supuso más que una reducción de horizontes con respecto a la antigua filosofía oriental. Muchos filósofos como Schopenhauer, Pablo Deussen, Jiddu Krishnamurti y otros han basado su sistema filosófico en los Vedas y el pensamiento oriental (Gambra, 1977; Holroyd, 1993) (filosofía que mucho antes de Platón ya clasificaba los estados de consciencia en tamas, rajas y sattwas). Suele considerarse a Grecia como la cuna de la razón lo que parece patente a tenor de los grandes filósofos que nos ha dejado la historia. No hay que descartar, por tanto, que en la época helenista haya culminado el proceso de desarrollo de las facultades intelectuales del hombre en detrimento de las perceptivas, ya en declive desde miles de años antes, quizás desde el comienzo del Neolítico, como intuía Julian Jaynes. Y quizás podamos decir también -como aprobaría Popper, Shaw y muchos otros filósofos, incluso contemporáneos- que con Platón empieza y acaba la filosofía y que desde entonces no solo han continuado retrocediendo nuestras facultades perceptivas sino también las intelectuales.
Y ya, por último, si hemos perdido la oportunidad de alcanzar un óptimo grado de desarrollo psíquico ¿es posible recuperar el tiempo perdido?, ¿está el ser humano en condiciones de aspirar aun a un grado más alto de evolución?. Teilhard de Chardin, de acuerdo con la imperiosa ley de la complejidad-conciencia, y de modo similar a como ha sucedido en el pasado, opinaba que la evolución permitirá alcanzar grados más altos de psiquismo (el “Punto Omega”) sobrepasando así la reflexión meramente individualista que inevitablemente conduce a la conducta egóica. Quizás tenga razón, pero no hay que confiar en que esa mejora en la calidad de la conciencia provenga ya, cruzándose de brazos, de la mera evolución. El hombre ha conseguido influir en el medio y en la naturaleza y está claro que solo por su propia iniciativa y haciendo uso de su propia voluntad podrá aspirar, mediante un adecuado aprendizaje, a lo que probablemente sería el último y el mejor de sus progresos.
HACIA UN CORRECTO APRENDIZAJE
Si el uso excesivo de nuestras funciones emisoras enmascara, en fin, el correcto funcionamiento de las funciones receptoras cabe pensar ¿serán entonces estas últimas las únicas responsables de un correcto desarrollo de nuestras capacidades mentales?. Obviamente no. Si un bebé no recibe adecuada educación de tipo cultural o intelectual (funciones emisoras como el lenguaje o la capacidad de razonar, planificar o emitir juicios) el niño pasará el resto de su vida observando muy atentamente como cualquier otro animal de la naturaleza. Posiblemente sepa cuidarse muy bien en un medio salvaje, pero ni siquiera tendrá consciencia de sí mismo ni de su propia existencia. El caso de los niños salvajes (como el caso de Victor, un niño perdido en los bosques franceses hasta los 12 años) o de los niños aislados desde su nacimiento (como Genie, una niña encontrada en 1970 que permaneció incomunicada hasta los 13 años de edad), dejan claro este asunto y demuestran que las funciones cerebrales que no se usan, se atrofian de modo irreversible (García, 1992). Estos célebres casos, ampliamente estudiados y documentados, no solo han demostrado que el habla y el resto de funciones intelectuales -y posiblemente cualquier tipo de función cerebro-mental- son difíciles de recuperar a partir de cierta edad, sino que confirman que las primeras funciones en desarrollarse son las funciones de percepción y observación -funciones animales imprescindibles para sobrevivir en la selva o en situaciones extremas-, las cuales se encuentran sumamente agudizadas en todos estos casos.
Es precisamente la aparición de la razón la que permite la graduación de la consciencia humana, hasta llegar a dionoia o nous, la verdadera autoconsciencia, ausente en animales irracionales. La graduación de la consciencia en animales -privados de razón- puede entenderse como una graduación de la percepción, que también varía desde el sueño hasta un estado de máxima vigilancia de tipo irracional instintivo. El raciocinio es, por tanto, vital para el desarrollo de la consciencia (o autoconsciencia) y, aun cuando inicialmente se incluyó entre las funciones típicamente emisoras, al nivel de la recepción de información pasa a ser una función receptora equivalente a lo que los antiguos griegos entendían por nous o razón superior.
Recientes hallazgos de neurobiólogos de las Universidades de Columbia y de California indican que el cerebro se desarrolla de un modo u otro en función de las vivencias de la infancia y que algunas de sus áreas, como las que afectan a la percepción táctil, crecen más cuanto más se ejercitan. Las zonas que más trabajan, sobre todo en la infancia, se desarrollan más que las que se usan menos. Este hecho se pone de manifiesto en los experimentos de Michael Merzenich de la Universidad de California en San Francisco por los que consiguió que un mono tocase un disco giratorio con sólo los tres dedos centrales de su mano; tras haber dado el disco varios miles de vueltas, el área cortical del simio dedicada a los tres dedos centrales se había expandido a expensas de la dedicada a los otros dedos. De este modo “la arquitectura de nuestros cerebros se irá modificando de manera personal… constituyendo la base biológica -junto con la estructura genética- de la expresión de la individualidad” (Kandel et al., 1992). Si, como también parece deducirse de los experimentos de Marcus E. Raichle, las funciones emisoras provienen de zonas del cerebro diferentes a las perceptivas, estaría claro que nuestros sistemas educativos -que solo se ocupan de las primeras- serían totalmente erróneos, manteniendo y perpetuando así ese error evolutivo en el que estamos inmersos.

3 comentarios to “El Origen de la Conciencia en la Ruptura de la Mente Bicameral”

  1. Mister LOL said

    Esperemos que la consciencia sea eterna.

  2. ASTRON DIVINORUM said

    Esperemos Mister LoL ,si no estamos perdios.Un saludo.

  3. […] https://astrondivinorum.wordpress.com/2009/11/21/el-origen-de-la-conciencia-en-la-ruptura-de-la-mente… […]

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