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Sinestesia y LSD

Posted by astrondivinorum en 16 enero 2010

Supongamos por un momento que tu cerebro se embrolla de tal manera que comienza a percibir los sonidos como si fuesen colores o a sentir los olores como sonidos. Por extraño que te parezca esto, es una condición relativamente común, que la padece una de cada 2500 personas y se llama sinestesia.

La sinestesia (del griego “syn”, junto, y “aisthesis”, sensación), es un trastorno de la percepción en el que el estímulo recibido a través de uno de los sentidos provoca simultáneamente la sensación en otro. Una persona que padece este desorden puede, por ejemplo, “oír” los colores,”ver” los sonidos o sentir sabores al pasar sus dedos por una textura determinada. Se de manera natural en aproximadamente una de cada 2500 personas, o como resultado de la ingesta de algunas drogas psicodélicas, como la LSD o la mezcalina.

Existen dos tipos de sinestesias. La sinestesia de primer grado es la que “mezcla” las impresiones dos sentidos diferentes; y la sinestesia de segundo grado, más rara, asocia la impresión de un sentido del cuerpo a una emoción, un objeto o una idea.

En general, afecta más a las mujeres y las personas zurdas, y con alguna frecuencia estas personas experimentan además una excelente memoria. No es raro que un sinestésico presente problemas a la hora de efectuar cálculos o para orientarse. Se cree que podría haber algún factor genético asociado a este desorden, ya suele darse en miembros de una misma familia. Al contrario de lo que puede pensarse, los sujetos sinestésicos no tienen una mayor predisposición a otros procesos psicopatológicos ni una mayor inclinación hacia las artes, aunque es cierto que muchos artistas (mayormente los pintores y compositores) presentan esta afección.

De todas las mezclas de sentidos posibles, la que se da con mayor frecuencia es la que asocia colores con números o palabras. Eso significa que una persona puede, por ejemplo, “ver” el color blanco cada vez que piensa en “lunes” o el rojo cuando ve o piensa en “9”. Por supuesto, este “cruce de sentidos” también puede hacer cosas de lo más extrañas con la percepción de la realidad. ¡Imagina lo que sentirías si una melodía determinada dejase sabor a chocolate (o a cualquier otra cosa) en tu boca cada vez que la escuchas!

Estas percepciones extrañas son completamente reales para quien presenta este trastorno. Son completamente involuntarias, se producen de forma continua y son consistentes: siempre vera el color blanco al pensar en “lunes”, por ejemplo. También son completamente específicas de cada persona. Dos pacientes con sinestesia seguramente asociarán diferentes percepciones a un determinado tipo de estímulo. Además, la memoria de la percepción sinestésica es muchas veces mejor que la de la percepción real. Si un sinestésico asocia, por ejemplo, el color verde con el nombre de una persona, muy posiblemente recordará el color del nombre mejor que el propio nombre.

Los científicos están de acuerdo en que la percepción sinestésica es una percepción real, que debería poder explicarse sobre bases neuroanatómicas. En cualquier persona, los estímulos sensoriales son recogidos por receptores especializados (localizados en los órganos de los sentidos), y enviados en forma de señales nerviosas al cerebro, donde se analizan separadamente en distintas regiones de la corteza cerebral, llamadas áreas sensoriales. Existen áreas visuales, auditivas, somáticas, etc. que se localizan en puntos de la corteza cerebral distantes unos de otros.

Estas conexiones entre los órganos sensoriales y la región correspondiente son específicas, y propios de cada sentido. La corteza visual se encarga del análisis de la información visual recogida por los receptores existentes en la retina), la corteza auditiva analiza la información que llega del oído, etc. Pero desde todas estas áreas sensoriales también se envían señales a otras áreas corticales denominadas “áreas asociativas”, en donde se relacionan características como forma, tamaño, color, etc. Esta asociación entre diferentes estímulos sensoriales permite, por ejemplo, que podamos encontrar un objeto con unas características determinadas de forma y tamaño mediante el tacto, sin la ayuda de la vista, dentro de un conjunto de objetos de formas y tamaños diferentes. Estas asociaciones ocurren en todas las personas, independientemente de que presenten o no sinestesia.

Pero en los sinestésicos ocurre algo más. Varios científicos suponen que la existencia de conexiones anatómicas no habituales (una especie de “cortocircuito”) en el cerebro de una persona con este trastorno conectan unos sistemas sensoriales con otros. Hasta hoy se desconoce el lugar exacto de estas conexiones, pero algunos estudios efectuados empleando técnicas de imágenes sintéticas en vivo (como la tomografía por emisión de positrones), hacen suponer que estas conexiones se encuentran entre diferentes áreas sensoriales de la corteza cerebral.

Un experimento llevado a cabo con un grupo de sinestésicos que asociaban colores con palabras, permitió ver las diferencias entre el proceso mental de estas personas y las de un cerebro normal. Cuando las personas sinestésicas oían una serie de palabras (que su cerebro asocia con colores determinados), presentaban actividad en áreas de la corteza visual además de en las áreas implicadas en el procesamiento del lenguaje. Es decir, se activaban zonas del cerebro encargadas del proceso de la información visual relacionadas con el análisis del color. El grupo de control, en cambio, no solo no presentó actividad alguna en las áreas de la corteza visual al escuchar las palabras ni siquiera al pedirles que imaginaran un color asociado a una palabra.

Esto demuestra que la sinestesia tiene una base fisiológica, y que muy posiblemente no existan dos cerebros sinestésicos iguales, ya que las asociaciones que se establecen son diferentes en cada caso.

Ahora ya lo sabes: si estas teniendo extrañas visiones o escuchas los colores, posiblemente seas uno de los poseedores de un cerebro sinestésico.

Algunos sinéstetas


La sinestesia es más común en artistas y músicos. Hay muchos ejemplos que incluyen a científicos, pintores, escritores y compositores. Dentro de los pintores podemos mencionar a Paul Klee, Wassily Kandisnky, Piet Mondrian, Francis Picabia, Georgia O’Keefe y David Hockney –todos ellos con un manejo excepcional del color. Se ha encontrado que los sinéstetas son más consistentes en la identificación de los colores –16.7 millones de opciones– con noventa por ciento de consistencia en un año, en relación con los no sinéstetas, con sólo de treinta a cuarenta por ciento en un mes.

Escritores como Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Victor Hugo, Marcel Proust, Francisco de Quevedo, Vladimir Nabokov y probablemente Patrick Süskind fueron o son sinéstetas o estuvieron interesados en este fenómeno.

En su novela publicada en 1985 Das Parfum / Die Geschichte eines Mörders (El perfume / Historia de un asesino) en la actualidad de moda nuevamente gracias a la película homónima dirigida por Tom Tykwer, Patrick Süskind describe la vida de Jean-Baptiste Grenouille, un hombre tan genial e infame como lo habrían sido el Marqués de Sade, Saint-Just, Fouché o Napoleón. Grenouille tenía dos características fundamentales: poseer un olfato fuera de serie –“la mejor nariz de París” como él mismo se apodaba–, pero también carecer de olor propio, lo que hacía que fuera rechazado por las demás personas (los bebés normalmente huelen a bebé e identifican a la madre desde los seis días de nacidos a través de su olor hasta que cumplen tres meses, cuando son capaces por primera vez de fijar la visión). El cuerpo de Jean-Baptiste Grenouille no olía a nada.

Süskind dice que su personaje era capaz de distinguir más de mil aromas, lo que es un error –desde nuestro punto de vista–, pues un catador de perfumes profesional o de vino o whisky es capaz de distinguir con entrenamiento hasta más de cien mil. Esta habilidad requiere necesariamente no sólo poseer una capacidad olfativa extraordinaria, sino una memoria nasal fuera de lo común.
En la década de los veinte, Alexandr Luria, neurólogo ruso, estudió durante treinta años el caso de un tal Sherashevsky, descrito en The Mind of a Mnemonist. Sherashevsky poseía una memoria absolutamente anormal: podía recordar setenta palabras en cualquier orden en listas dadas hasta quince años atrás. Se dedicó a ser un memorista profesional trabajando en un circo e incluso aumentaba su memoria con trucos mnemotécnicos.

¿A que se debía la hipermemoria o hipermnesia de Sherashevsky? Probablemente a una condición llamada sinestesia. Sherashevsky tenía una respuesta inusual a diferentes estímulos: retenía imágenes vívidas de forma visual (memoria fotográfica), pero tenía problemas para integrar y recordar cosas complejas: memorizaba visualmente una cara y no la reconocía después con un simple cambio en la expresión facial (padecía de aprosopagnosia), con los cambios de luz confundía los objetos, tenía problemas para dar seguimiento a una historia al ser “bombardeado” con imágenes. Además padecía de una incapacidad para olvidar, lo cual es una tragedia como lo describe Borges en su cuento “Funes el memorioso”.

Cuenta Bernard Lechevalier en su libro Le cerveau de Mozart que, el 11 de abril de 1770, Leopold Mozart y su hijo Wolfgang –entonces de 14 años de edad– llegaron a Roma viajando desde Salzburgo. Padre e hijo acudieron a escuchar el célebre Miserere de Gregorio Allegri, el cual se interpretaba sólo el Viernes Santo de cada año en la Capilla Sixtina del Vaticano. Leopold le escribe a su esposa que: “Los músicos de la capilla tienen prohibido, bajo pena de excomunión, sacar una pequeña parte, copiar o comunicar a cualquier persona” la partitura de la obra. Mozart la escuchó una sola vez y, ya de vuelta en el alojamiento, fue capaz de transcribir toda la partitura de memoria con las voces de todos los instrumentos y del coro. Cuando el papa Clemente XIV se enteró de la proeza, lo nombró caballero del Éperon d’Or (caballero de la Orden Vaticana de la Espuela Dorada), título que Mozart jamás utilizaría por modestia. El segundo marido de Constanza, la viuda de Mozart, escuchó en una ocasión el Miserere de Allegri en un Viernes Santo, y verificó que Mozart –por supuesto– no había cometido error alguno. El Miserere de Allegri fue modificado por Tomasso Bai (quizá esta versión fue la que escuchó Mozart) y consiste en una obra que abarca la tercera parte de un compact disc (más de veinte minutos) y que consta de nueve voces para coro, más las parte de la orquesta. Las últimas tres sinfonías (39, 40 y 41) Mozart las escribió sin escucharlas jamás, toda la música estaba en su cabeza. Los músicos educados, con una formación suficiente, son capaces de “escuchar” las obras sólo viendo la partitura –lo que en sí constituye una forma de sinestesia–: un ejemplo célebre es Beethoven, quien, por ser sordo desde joven, no pudo escuchar gran parte de la música que compuso –e incluso trató de dirigir ocasionalmente la orquesta.
Lechevalier menciona en su libro que una explicación posible para el episodio del Miserere de Allegri es que Mozart tuviera hipermemoria musical y probablemente sinestesia, es decir que asociara quizá ciertos sonidos con otros tantos colores de las pinturas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y que, recordándolos, tuviera –eso sin duda– la capacidad de volver verdaderamente a “escuchar” cada nota en su cerebro, en su imaginación, cada vez que lo deseara.


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