AstronDivinorum

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El Camino a Eleusis, Una Solución al Enigma de los Misterios

Posted by astrondivinorum en 12 febrero 2010

Los iniciados debían sufrir, sentir, experimentar ciertas emociones y estados de ánimo; no estaban ahí para aprender nada.
Aristóteles sobre los misterios eleusinos

Una tarde de Agosto de 1927, en las montañas de Catskills, Gordon Wasson y Valentina Pavlovna caminaban de la mano en medio de un bosque, disfrutando de su luna de miel, cuando notaron que a un costado del sendero había innumerables hongos de distintas formas, colores y tamaños. Valentina, de origen ruso, con cariño, con sacra ternura, los reconoció y los recolectó. Wasson intentó disuadirla, ¡Regresa, regresa acá! Son venenosos, hacen daño. Valentina reía. Sus festivas carcajadas sonarán por siempre en mis oídos. Al día siguiente, Wasson probó por primera vez los hongos. Sobrecogido por la reveladora experiencia y asombrado por la actitud opuesta que había manifestado el día anterior frente a su mujer, ambos comenzaron a investigar el trato que se le daba a los hongos en Inglaterra y en Rusia.
Los escritores ingleses rara vez los mencionaban y cuando lo hacían era relacionándolos con aspectos desagradables, ofensivos, con la putrefacción, la descomposición y la muerte. Los escritores rusos llenaban sus textos con hongos, siempre en un contexto afectuoso. Wasson dividió el mundo entre culturas micófilas (amantes de los hongos) y micófobas. Tras décadas de investigaciones sobre lo que llamó la etnomicología, descubrió que hace miles de años los hongos fueron objeto de devoción religiosa. Sus investigaciones en las culturas populares de los pueblos micófilos y los viajes que experimentó junto a su mujer, lo llevaron a establecer una relación entre los hongos y el conocimiento espiritual.
En 1955 en un viaje a México, con el fin de corroborar las anotaciones de los frailes españoles del siglo XVI sobre la ingesta de los hongos por los nativos, Wasson participó de una ceremonia conducida por una chamana, María Sabina. Fue el primer blanco del que se tenga registro que haya participado en una de estas ceremonias. Su intuición fue confirmada. Los hongos eran considerados entes divinos. Y el ritual buscaba abrir las compuertas hacia una relación con el todo como un ser viviente. Si en el primer viaje Wasson había relacionado su ingesta de hongos con una experiencia espiritual propia, en el viaje a México Wasson conoció la relación de los hongos con la cultura espiritual de un pueblo. De inmediato hizo el alcance: La utilización religiosa de los hongos en México eran la respuesta a los misterios Eleusinos celebrados en Grecia durante casi dos mil años. Su ingestión permite a uno contemplar con mayor claridad que la de nuestros ojos mortales, vistas que están allende los horizontes de esta vida; viajar por el tiempo, hacia adelante y hacia atrás, penetrar en otros planos de la existencia; incluso, como dicen los indios mexicanos, conocer a Dios.

El libro está dividido en tres partes. En la primera, Wasson cuenta la historia que lo llevó a relacionar el misterio de Eleusis con la ingesta de una sustancia enteógena. La segunda parte está escrita por el químico suizo Albert Hofmann, y en ella demuestra que los griegos pudieron haber obtenido a partir de un hongo que crecía en el trigo y la cebada, una sustancia de características similares al LSD: el cornezuelo, que los micólogos conocen como Claviceps purpurea.
En la tercera parte, el profesor de etnobotánica griega, Carl Ruck, intenta reconfigurar, a partir de una agobiante cantidad de citas, lo que se hacía al interior del templo en Eleusis. Como si revelara un secreto que había resistido todas las fuerzas de la historia, exhibe paso a paso el misterio que celosamente guardaron Platón, Aristóteles, Sócrates, Píndaro, Sófocles, Aristófanes, y todos los que viajaron a Eleusis.
Cada año, se iniciaban en los misterios, miles de personas de todas las clases, emperadores y prostitutas, esclavos y hombres libres. Sólo dos condiciones se les exigían (que hablaran griego y que no hubiesen cometido un asesinato) para comenzar con los ritos preliminares que duraban más de medio año. Eran los misterios menores y se realizaban en Atenas. Luego emprendían la peregrinación hacia Eleusis, por primera y única vez, para ver lo sagrado. Era una caminata de 20 kilómetros que comenzaba atravesando un puente demasiado estrecho para llevar un carruaje y en el que a sus costados hombres con máscaras insultaban a los peregrinos. Eleusis era una región sagrada por su afinidad especial con el reino de los muertos. La procesión pasaba simbólicamente la frontera entre los dos mundos: un viaje trascendental cargado de dificultades. Tras recorrer la Vía Sacra llegaban al telesterion, o sala de iniciación de los misterios mayores, donde algo se veía. Eso era todo lo que se podía contar sobre los misterios, el resto era un secreto o, simplemente, inexpresable (en el libro jamás se exponen las razones que hayan llevado a los griegos a mantener el secreto de los misterios eleusino). El telesterión era muy pequeño para permitir una representación teatral, y los griegos difícilmente podrían haber sido engañados con algún truco escénico. Además había síntomas físicos que acompañaban las visiones: miedo y un temblor de las extremidades, vértigo, náusea y sudor frío. Después de eso sobrevenía la visión.
Las investigaciones realizadas por Ruck lo llevaron a concluir que los griegos conocían sustancias embriagantes distintas al alcohol. De hecho no tenían una palabra para alcohol, ni tampoco sabían destilarlo. Lo más fuerte que podían obtener por fermentación natural era un vino de 14 grados. Sin embargo, los griegos solían beber sus vinos mezclados con agua. Había incluso vinos tan fuertes que para poder ser bebidos sin riesgo vital, debían diluirlos con veinte partes de agua, por cada una de vino. Y aun así podían producir diversos síntomas físicos: insomnio, alucinaciones, mareos o hilaridad. La razón de esto es que en la Antigüedad el vino, en casi todos los pueblos primitivos, no contenía alcohol como sustancia embriagante, sino que por lo general, era una infusión de toxinas vegetales en un líquido vinoso.
Destinadas para ceremonias religiosas, como los misterios de Eleusis, y más tarde utilizadas profanamente, las sustancias enteógenas no eran ajenas a la cultura griega. Un nuevo paradigma, el cristianismo, terminó por extirpar esas prácticas paganas. La fe pasaba a ser el exclusivo vehículo de las experiencias místicas.
Luego de tan reveladora investigación, quedan rondando algunas preguntas: ¿Habrá sido una revelación eleusina la que llevó a Platón a concebir un mundo de las ideas donde todo era perfecto, un mundo de esencias que se revelaba en oposición a éste de imperfectas materializaciones? ¿Es nuestra cultura occidental, hija de la civilización helénica, consecuencia de una cultura familiarizada con los enteógenos?
Por último una recomendación de Wasson: Si tiene la más leve duda, no pruebe los hongos.

El Camino a Eleusis, Una Solución al Enigma de los Misterios, Wasson, Hofmann, Ruck. México, Fondo de Cultura Económica, 1995.

El desarrollo de la fiesta era el siguiente:

-. Día 13: Como preparación de los Misterios, se llevaba a cabo una procesión de Eleusis a Atenas. Se sacaban las imágenes en procesión, se reunían los que querían iniciarse y el hierofante excluía a los que no podían hacerlo por no estar libres de delito.

-. Día 14: Los efebos llevaban los objetos sagrados al Eleusinion de la ciudad de Atenas.

-. Día 15: agyrmós (reunión). Primer día de los rituales, en los días anteriores sólo se hacían los preliminares. Los mystai (los que iban a ser iniciados) se reunían en Atenas. Se hacía la proclamación (prorresis) y, al grito de «aquí las víctimas», se sacrificaba el cerdo que cada mysta llevaba para que el animal muriese por él (el cerdo está consagrado a Deméter). Después al iniciado se le hacía sentarse sobre una piel de carnero (thrónosis) y, en silencio, era velado y purificado por medio del aire (haciéndole aire) y del fuego (acercándole una antorcha) y se le pasaba por encima de la cabeza la cesta mística (líkne)

-. Día 16: Se gritaba «al mar, mystai» y los iniciados se bañaban con los cerdos muertos.

-. Día 17: Epidaurias. Introducidas el 420 aC., conmemoraban la llegada de Asclepio a los misterios. Se reservaban para quien había llegado tarde. Había una procesión con un sacrificio y una pannychís (una procesión nocturna) en honor a Asclepio.

-. El día 18 se descansaba.

-. Día 19: Procesión de Atenas a Eleusis llevando los objetos sagrados. El recorrido se hacía por el Camino Sagrado (saliendo por la puerta sagrada) hasta Eleusis, donde se llegaba a la caída de la noche.

-. Día 20: Escolta de Iaco. Los iniciados partían, guiados por el dios Iaco (un epíteto de Dioniso) que era llevado por un sacerdote. Se rememoraba, así, las penalidades de Deméter buscando a Core. Cerca ya de Eleusis, cruzaban el puente sobre el río Cefiso (gefyrismos: «paso del puente») donde los peregrinos eran objeto de burlas e insultos por parte de la gente que se reunía junto al puente con este propósito. Después de este ritual, encaminado a alejar los malos espíritus, se llegaba al santuario donde Iaco era acogido con gran aclamación y los iniciados bailaban en la plaza Caliroco («de las bellas danzas») en honor de Deméter y Core.

(Desconocemos cuándo los iniciados ayunaban y bebían el kykeón, bebida hecha con agua, harina y poleo, símbolo de la vida civilizada introducida por Deméter a través del cultivo y el consumo del cereal.)

-. Día 21: Tenían lugar los ritos secretos (parte de los Misterios que pertenece al campo de la hipótesis y de la conjetura) De noche, los iniciados entraban en el santuario, donde tenían una serie de experiencias místicas: «veían» a la diosa sentada en la «Roca sin Alegría» (agelastos), escuchaban sus lamentaciones… Al llegar al telesterion, sala del santuario donde debía producirse la epifanía de las dos diosas, depositaban los cerdos en los mégara (subterráneos). Después salían en peregrinación buscando a Core. Con la cabeza cubierta para que no viera nada, cada mysta era guiado por un mystagogos mientras el hierofante golpeaba un gong llamando a Core. Su regreso no podía ser visto por los iniciados: «aparecía» delante de su madre, se abrazaban y se dirigían al telesterion. Allí, los epoptai (iniciados de segundo grado: «los que ya han visto») entreveían a madre e hija, entraban y aparecía el hierofante respaldado por la luz de centenares de antorchas. Los iniciados, con la cabeza ya descubierta, entraban. Las diosas serían visibles a los iniciados, aunque por poco tiempo. Abandonaban la sala los mystai y, entonces, los epoptai recibían una visión especial: la espiga, símbolo del don de Deméter, de la cultura y de la civilización.

-. Día 22: Había un sacrificio de bueyes y cerdos a Deméter y Core.

-. Día 23: Los iniciados volvían a Atenas.

-. Día 24: El día después de los Misterios, se celebraba en Atenas la reunión de la Boulé en el Eleusinion.

Fuentes: Enteogenesis , Los Misterios Eleusinos

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